Quietud como medicina: parar cuando siempre estás en movimiento
Una reflexión sobre el invierno, la sanación, la terapia y el poder de la pausa .
Siempre he huido del invierno.
Incluso cuando vivía en Holanda y no había manera de escapar de él, yo rehuía internamente. Me quejaba. Refunfuñaba. Me negaba a mirar al cielo con una sonrisa, como si el invierno no fuera digno de ella. Es una estación que me apaga, me amuerma, me deja sin energía. Nunca quise aceptar que el invierno existe precisamente para eso: para recargarse. Para ir hacia adentro. Para estar con una misma.
Creo que huyo del invierno por la energía de quietud a la que invita. Un estado que temo -o temía- porque tengo la creencia de que, en la quietud, no pasa nada. Que nada se mueve. Que nada se crea.
¿Pero… y si sí que se crea, solo que de otra forma? ¿Y si sí hay movimiento, pero otro tipo de movimiento, más sutil, más consciente?
Vivimos en una cultura que asocia parar con fracaso, cuando en realidad la quietud puede ser una herramienta profunda de sanación mental y emocional.
Esta semana visité a mi nuevo terapeuta en Madrid. Fue llegar a su consulta y me desarmé. Iba con mi discurso montado. Las cuestiones a plantear estaban claras en mi cabeza. Pero al entrar, mi campo energético dio un vuelco que se tradujo en no poder hablar. Yo, la elocuente que lo explica todo a través de la palabra… en aquel momento, sencillamente, no me apetecía. Fue como si mis problemas, mis contradicciones, las decisiones por tomar… se hubiesen desvanecido: había quietud.
Cambié de estado sin planearlo. Me senté en el asiento como observadora, no como partícipe. Dejando el torbellino mental de lado por voluntad propia, sin necesidad de yoga, danza o meditación. Esta vez, desde la quietud y desde la escucha estática. Esta vez dije: “ya no más”. No más palabrería. No más intentar explicar lo que (me) ocurre. Ahora toca sentir.
Él -mi nuevo terapeuta- supo sostener el espacio con una maestría increíble. Esta era nuestra primera consulta, en la que supuestamente se sientan las bases. Y las bases se sentaron: el resumen de esa sesión fue quietud. Quietud como herramienta de sanación. Como la que sentí los días después del retiro de meditación Vipassana. Como la que sentí al volver de mi Viaje de Monje.
Quietud no implica estancamiento. Al contrario: implica sentir lo que ocurre en nuestro interior. Quietud para ordenarse internamente, sin prisa, sin pausa. Quietud para observar. Para sentir lo que tu llama interna quiere decirte. Quietud para alinearte contigo.
Este año es el primero en el que estoy abrazando el invierno. Hay sentimientos que me dicen que no quiero que se acabe tan pronto. Que hay mucho por sembrar y nutrir antes de que llegue la primavera. Ahora escribo estas líneas desde esa quietud. Desde esas mañanas tranquilas de cielos plomizos en las que el día todavía no apremia. Desde este lugar, lo que quiero contar se despliega más fácil. Las palabras brotan. Expreso lo que quiere ser expresado, sin guión.
¿Lo que está brotando en mí?
Ganas de volver a impartir talleres de escritura presenciales… y de pintar.
Con amor,
Julia
¿Qué es lo que brota en ti en la quietud?
Si eres como yo —activa, en movimiento y con (casi siempre) ganas de más—, mis talleres de escritura son una invitación para ese contrapunto: para pausar, para ir hacia adentro. Muy pronto, también en Madrid.
Si estás en un momento de saturación mental y necesitas volver a escucharte…podemos profundizar en tu mundo interno en mis sesiones de mentorías 1:1, donde usamos la escritura como base para alinearte. Te dejo aquí el enlace para que puedas agendar una discovery call gratuita conmigo.



Qué ganas de hacer algún taller de escritura contigo Julia. Un abrazo grande!
¿Qué brota en mi? Que, al final, nada es tan importante y que ni siquiera es relevante a lo que me dedique, sino, que me permita sentirme como me quiero sentir, vivir como quiero vivir y dedicarle el tiempo necesario a lo que y a quienes se lo quiero dedicar. Eso inspira en mi la quietud...
Un abrazo Julia.