Me pesan mis 38.
Cumplidos hace apenas 5 meses, ya siento que me han pasado factura.
La gente me dice que aparento menos años de los que tengo. Puede ser. Pero yo no lo siento así. No me siento así. Lo siento en mi cuerpo: cuando hago deporte, cuando me miro al espejo. Mis primeras canas. Me digo que no me importa.
Pero… ¿es cierto que no me importa?
Quizá sí me importe. Quizá sí me importen las arrugas de expresión de mi frente o las -todavía discretas- patas de gallo que empiezan a aparecer.
Quizá, lo que más me importe, es saber que si todo va como debiera, ya ha pasado media vida. Y que me sepa a poco.
Por un lado, quiero seguir quemando pista. Por otro, veo cómo la vida se me escapa como agua entre los dedos.
Que aún no tengo una casita en el bosque, ni un estudio de arte con mis pinturas ordenadas en estanterías. Ni publiqué un libro. Que quizá ya no haya tiempo de experimentar India como me gustaría. Que aún hay demasiadas vidas que quiero vivir. Aunque sienta que ya viví miles.
A veces siento miedo, con un pie sobre roca y el otro tintineando en vilo sobre el abismo. No es abismo. Son elecciones.
Miedo a ser conformista. Y miedo a dejar de serlo ¿será la edad?
Miedo -más bien pereza - a volver a la vida nómada y volver a perder base.
Llamar a Leo cada noche cuando ya estoy lista para dormir y que venga a acurrucarse a los pies de mi cama. Poder transplantar mis plantas en macetas cada vez más grandes. Verlas crecer. Ver a mi hermana pequeña convertirse en mujer. Comer un domingo cualquiera en casa de mi madre…¿y si la vida es esto?
Me siento como observadora. Como si, simplemente, la vida estuviese pasando por mí y yo hubiese decidido dejar que juegue. Soltar un poquito el timón. Soltar la expectativa de resultados concretos. Dejar la vida pasar un tiempo. No sé si es lo “sano”, no sé si es lo maduro, ni lo adulto. Tampoco le doy muchas vueltas.
Salgo a pasear. Enciendo velas. Elijo el incienso que me apetece. Observo mis post-its en la pared, mis libros apilados y vuelvo a respirar. Un fin de semana tranquilo. Una mañana ininterrumpida para pintar. Estrenar las pinturas acrílicas que me regalaron por Navidad. Ir a entrenar por la mañana y que se pase el tiempo sin mirar el reloj. Un café a deshora.
¿Será que la vida es esto?
Con amor, Julia.



Cada vez creo más que la vida es ese andar el camino, Julia. Y en ese caminar, siempre nos parece poco, que no estamos haciendo lo que hemos venido a hacer, pero siempre y cuando andemos buscándolo, estamos sumando las experiencias necesarias para hacerlo. Luego hay mucha gente que no anda, que es más estática, y para ellos está bien… la vida es eso para ellos. Para mí: la vida es el camino que ando para seguir creciendo y descubriendo hacia dónde voy.
Me siento identificada con lo que escribes Julia. Yo este año cumplo los temidos 40.
La conclusión a la que llego a lo largo de estos último años es que más que centrarse en que se acaba el tiempo para hacer todo lo que deseas, debemos poner más ilusión y foco en realizarlo, y no pensando en que se te acaba el tiempo sino dando valor a que esos 38/ 39 años nos dan mucha más consciencia, conexión con uno mismo, experiencia, claridad y un sin fin de cosas que van a permitirte llegar a lo que tu alma quiere.
La edad es un número que nos dan cosas muy positivas. Y como mencionas, algo bonito de cumplir años es darte cuenta cómo en lo cotidiano y lo sencillo hay mucha magia.
Un abrazo enorme Julia :))